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Nuestros tiempos modernos reclama personas que definitivamente lloren poco. Exclamaciones populares pueden alegrar dichos como: “llorar es de débiles”, “que importa, sigue adelante” “debes ponerte fuerte”.
Millones de personas piensan que mientras tenga preciosos autos, televisores, celulares, ropa de lujo, y otras, podremos ahogar con ellas las lágrimas que quieren brotar de el más hondo de nuestros corazones por perdidas y fracasos espirituales de diversas índoles. Y esta es una gran mentira e imposición dura que quiere establecer nuestro siglo a nuestras frágiles vidas.
El mundo de nuestros días, nos dice: “reíd, y el mundo reirá contigo, llorad, y lloraréis a solas”. Pero que gran misterio el de Cristo, declarando con toda potestad divina: Los que lloran recibirán consolación.
Llorar, en el sentido más espiritual al que Jesús se refiere, significa sentir un dolor profundo, una gran preocupación por nuestro estado pecaminoso, un gemido indecible por nuestra desesperación. Son lágrimas y lloro que salen del corazón abatido por un pecado, por un mal, por una angustia existente, en lo más profundo del alma.
Estos que lloran serán aquellos que anhelan vivir la vida en un plano más superior, no están en el vulgo, y en la corriente que arrastra a todos. Ellos son más sensibles al dolor interno de sus vidas, y por ende son también más sensibles a las necesidades y a los problemas del prójimo.
Antes de ser fuertes, debemos reconocer que somos débiles, antes de alcanzar sabiduría debemos entender que somos tontos, antes de confesar nuestros pecados, tendremos que llorar amargamente por ellos. Dios tiene que frustrarnos para poder salvarnos.
El llanto es parte del orden de los eventos divinos en el ser humano. Jesús dice hoy, bienaventurados aquellos que lloran su indignidad, su pecaminosidad, su imperfección, su incompetenecia, su inmoralidad, su inaptitud, porque ellos recibirán consolación.
En la economía de Dios, tendremos que descender primero al valle del dolor, de la desesperación, de la soledad, del desamparo, para poder luego comenzar a escalar las cumbres de una gloria espiritual. Tendremos que sentirnos primero frustrados, cansados, agobiados, solos, y desamparados para poder vislumbrar y encontrar el compañerismo con Cristo.
El llanto de insuficiencia, de incompetencia, de incapacidad, es el llanto que atrae la atención de Dios. (Salmo 34:18) La Biblia declara nuestra inutilidad para salvarnos por sí mismos, y la historia del hombre prueba lo inútil que es cuando más fuerte se cree. De ahí, que Dios mismo tomara la iniciativa de enviar al redentor, que viviese una vida que nosotros no podíamos jamás llevar, y que sólo por la fe en su nombre, sea la manera de Dios, para que nos sea otorgada una salvación segura.
Bienaventurados aquellos que lloran su insuficiencia para salvarse, su incapacidad para ser perfectos, su impotencia para alcanzar la norma moral que Dios reclama, porque ellos serán consolados, solo por la fe, en la suficiencia y perfecta obra de Jesucristo.
El psicoanálisis y los psiquiatras modernos muchas veces apoyan sus criterios acerca del dolor y el pesar de los hombres en experiencias de conflictos pasados e infantiles. Estos médicos de hoy, podrán trabajar con la mente de los pacientes y aliviar en alguna medida el dolor. Mas que maravilloso es esto a mi vida, ellos no pueden hacer nada con el corazón. Solo hay un médico del alma, Jesucristo. Aquel quien pide, el corazón. (Probervios 23:26)
Dios nunca ha prometido a nadie, ni aun a sus hijos, una inmunidad del dolor, las penas y el sufrimiento de un mundo caído y en caos. Todos habremos de estar preparados para una porción del dolor que nos ha de tocar de este mundo gobernado por las huestes de maldad. Este globo es un mar de lágrimas, es un valle de sombra de muerte. La disolución, el desencanto, la traición, la muerte, el desamor, el desprecio, los conflictos, las guerras, los accidentes, y otras, son parte esencial de nuestras vidas, como las nubes y las tormentas. (Juan 16:33)
El sufrimiento es con frecuencia el punto crucial donde nuestra fe es probada. Aquellos que han de atravesar la prueba, del horno de la aflicción, han de salir como el oro refinado por el fuego.
Bienaventurados los que lloran, porque saben que su dolor, su desgracia, su privación, son el trabajo de parto de una nueva criatura quebrantada y sensible a la voz de Dios. Son los golpes y moldeadoras, los abrazos y las ternuras de un gran Artista Divino, a veces con luces y otras con sombras para hacer una nueva criatura.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación, así nos dice, Cristo.
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