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Esta es una de las verdades más grandes, establecidas por Cristo. Quienes sean calificados como “pobres en espíritu” les será otorgado el Reino de los Cielos. Hemos de meditar con profundidad sobre ese calificativo de Cristo: “pobres en espíritu”. No parece ser la primera de las bienaventuranzas por casualidad, todo indica un orden divino, cuando comenzamos a estudiar estas.
Condición pecaminosa
Jesús nos refiere un calificativo nuevo, una nueva categoría de pensamiento: pobres en espíritu. Era de esperar que aquellos discípulos y multitud que estaban sumergidos bajo el yugo del gran imperio romano, estuviesen anhelando un rey político que los libertara, de su pobreza, de su desgracia económica. Pero Jesús se refiere a un nuevo calificativo de pobres, dejando en sus pensamientos una nueva modalidad de la pobreza que nunca antes se había escuchado. (Juan 14:10)
Pobres en espíritu: significa un vacío total en el corazón humano. Una sed de Dios, una comprensión profunda de que nuestras más sublimes obras de piedad no son méritos que nos permitan alcanzar alguna bonanza divina.
Es comprender nuestra naturaleza adámica. Es sentirnos débiles y minados por el cáncer del pecado. Pobres en espíritu es estar conscientes de la pobreza espiritual que hemos heredado por una rebelión que comenzó hace siglos, en el huerto del Edén. (Romanos 3:23)
Hambre de Dios
Pobre en espiritu, es conocer que no sólo de pan vivirá el hombre. Somos seres espirituales, somos almas eternas que necesitamos del pan de vida y del agua que salta para vida eterna. Nuestros cuerpos carnales tienen diversos apetitos: hambre, sed, limpieza, sexo, y descanso, entre otros; pero no olvidemos alimentar nuestras almas porque hemos de creernos ricos en espíritus y solo estaremos cabalgando al infierno. (Mateo 4:4)
Los pobres en espíritu están conscientes de su condición de criaturas creadas, y de su pecaminosidad abrumadora. Son aquellos quienes están dispuesto al arrepentimiento genuino y transparente ante el trono del gran santo y digno Dios, del cielo. Son personas que tienen hambre de las cosas del cielo. (1ra de Pedro 2:2)
Obras indignas
Pobre en espíritu es aceptar que somos incapaces de cumplir con las normas divinas y que lo mejor en nosotros son trapos de inmundicia delante de Dios. No existe la más remota posibilidad para presentar una “justicia”, una “bondad”, una “santidad” que pueda satisfacer a Dios. Lo más hermoso que podamos tener en nosotros, es impuro ante su presencia. No podremos jamás apoyado en nuestras actividades religiosas saborear el dulce sabor de las bienaventuranzas. Aún tampoco, podremos pensar en alcanzar el cielo, por el esfuerzo de alguna conducta de buena ética, ni por dinero u obras de caridad a nuestros prójimos.
Porque no entraremos al Reino de los Cielos por la acumulación de meritos, de esfuerzos y de trabajos religiosos, sino por la fe en la obra perfecta y sin mancha de Jesucristo, el Hijo de Dios. Por la gratitud indescriptible de su sacrificio operado por nosotros, por los pecadores, por los pobres en espíritu. (Isaías 64:6)
Dependencia divina
Los pobres en espiritu, cohabitan tranquilos y confiados, en medio de la tempestad que les atormenta. Su fe en Dios no desaparece aunque vana y débil se sienta. Su confianza en el ser supremo, su esperanza eterna de que Dios no los ha desamparado y que su mano tierna aún los sostiene, es su gran fortaleza en medio de las tormentas.
Algunas conclusiones
El hombre nunca llegará a conocer a Dios por medio de obras. Nuestras vidas podrían parecer por momentos, muy buenas y decentes; mas en comparación a la santidad y la pureza de Dios, somos inmundos y asquerosos.
La felicidad alcanzada en las bienaventuranzas es una Obra de Dios a través de la fe en la sangre y el sacrificio de Cristo. Los pobres en espíritu son aquellos que están dispuestos a despojarse de todos sus méritos alcanzados en la vida cristiana, despojarse de máscaras humanas, para decir como Jesús, me niego a mí mismo, tomo mi cruz, y le sigo. (Mateo 16:24)
żSentimos esto? żHemos experimentado este quebranto? żHemos comenzado a despojarnos de nuestras obras y méritos religiosos?, Si es afirmativo, estaremos experimentando esa pobreza en espíritu, de la cual Jesús nos habla.
No somos justos, no somos dignos de presentarnos por mérito alguno delante de la presencia de Dios. La justicia viene del cielo y es mediante la fe en la muerte expiatoria de Cristo. (Romanos 3:10 y 11)
No hay otra opción. Esta es, la manera de Dios, la única manera de salvación y reconciliación con el creador, tiene que ser a través de la fe en su Hijo Jesucristo y en su sacrificio por nosotros, los pecadores, los que nos consideramos en verdad, pobres en espíritu. (Juan 3:16)
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