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Pablo Thompson, nos contaba la historia de un chico que ellos habían incorporado a su hogar durante sus años misioneros en España. Y nos relataba como aquel joven comenzó a ser un oportunista de todos sus bienes. Llegando al punto de comer cosas de sus neveras en las noches, y hasta el punto de robar su auto para transitar por las calles de Madrid, a altas horas de la noche.
Todos nosotros estábamos a la expectativa, de cuales serian las reacciones que ellos tomarían como misioneros ante la actitud de este chico dentro de su propio hogar. Pero ¡que sorpresa! recibimos todos, cuando nos comentó de manera inesperada: ¿saben algo?, este chico es nuestro hijo, el había venido a visitarnos por un tiempo.
Nuestras actitudes, juicios y maneras de disciplinar cambian definitivamente cuando estamos estableciendo reglas a aquellos que son nuestros propios hijos. Quienes tienen un vínculo genético con nosotros, quienes son nuestra herencia y descendencia.
Esta es la relación familiar que tenemos con Dios, la cual debemos gozar como creyentes. Sentir el placer y gozo de la adopción sin considerar que este vínculo familiar con Dios, (promesa) podrá ser dañado o retirado por cualquiera de nuestras rebeldías y luchas de nuestra vida espiritual. El permanece fiel a su promesa cuando nosotros somos infieles.
Dios siempre nos ha de mirar como hijos. Dios nos ha escogido desde antes de la fundación del mundo, y su sello es divino. Su promesa es santa, segura y eterna. Es la palabra del Dios-eterno que ha mirado todas nuestras agonías en este mundo, y contemplado nuestra gloria, desde el principio hasta la eternidad.
Otro ejemplo precioso que nos relata Pablo es la declaración que hace un juez a un criminal convicto y destinado a la pena de muerte. Si suponemos, aquel juez que le declara perdonado al impío, pero a la vez le dice: “sal a la calle, eres libre, ve a ver como te comportas de aquí en adelante”. Esta es solo redención. Aquí ha terminado toda la gracia y la misericordia para este convicto y miserable hombre.
Pero supongamos algo aun más bello. Algo que conmueve mucho más mi alma. El juez declara al terrible criminal, libre de todos los cargos. Le declara justo, y una vez terminada la declaración jurada de su libertad, le dice: “ahora te quiero adoptar y hacerte mi hijo. Vamos a casa, quiero que vivas con nosotros. Quiero ser tu padre y tú serás mi hijo”.
Esta es la adopción. La cual nos hace el Padre Celestial a través de la obra redentora de Cristo. ¿Vivimos, acaso, en alguna medida, saboreando esta profunda realidad divina?
A veces no quiero, escribir sobre las modernas congregaciones de hoy, pero otras veces me urge. Muchas de nuestras modernas iglesias, no tienen una predica consistente sobre la adopción. No hacen hincapié en todas las enormes implicaciones de la adopción operada por Dios, para nosotros. No se está enseñando todo lo que deberiamos saber sobre nuestra nueva identidad en Jesucristo.
¿Cómo asistir a una congregación que cada Domingo pone en mi corazón una predica que me deja sin esperanza y consuelo? ¿Cómo podría llegar a la experiencia de un hijo adoptado, si una gran parte de mi salvación esta enfocada en mis obras y no en la Obra de Cristo? ¿Como sentir y vivir como heredero de Dios, si toda mi fe descansa en la obra de la cruz más otra parte que agrego?
Lamentablemente mi mente se despierta cada mañana con los conceptos de esclavo bien afirmados. Pero no debo seguir viviendo como esclavo. Habré de ir re-emplazando estos antiguos preceptos por los nuevos conceptos del Evangelio de Jesucristo. Dios me redime, me lleva a casa, y me hace hijo.
Debemos como siervos de Dios, dar un lugar importante en nuestras predicas y reflexiones a nuestra nueva identidad en Jesucristo. Habremos de predicarnos cada día, las preciosas verdades del evangelio. Estas son, definitivamente las Bellas Palabras de Vida. Es la obra de Jesucristo y todo lo que significa, lo que transformará incuestionablemente nuestras vidas.
Amen.
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